Los lobos que vinieron a cenar, de Steve Smallman

Cierto es que, cuando te sientas un rato con los peques a leerles un cuento puedes acabar disfrutando también tú como un enano. Tiene que darse la situación propicia para que se peguen a tu lado mirando con ese encantador gesto de atención. Si el cuento tiene el suficiente atractivo la tarea es más fácil y gratificante.

En la literatura infantil actual hay un punto entre transgresor y renovador que en ocasiones desubica y en otras resulta un verdadero descubrimiento en lo positivo. Eso es lo que ocurre con “Los lobos que vinieron a cenar”, un cuento en gran formato en el que se equilibran perfectamente imágenes y texto para que se pueda leer a niños de 4 a 6 años e incluso para que ellos se lancen a la aventura de la lectura motivados por unas ilustraciones sumamente expresivas, pasadas por el tamiz del cómic que transmite la esencia de la historieta en cada una de sus 32 páginas.

El bestseller precedente de esta secuela “La ovejita que vino a cenar” apunta a la consideración de un clásico moderno en el que una intención por revisar tópicos de los miedos incrustados en los niños como método para alejarlos de peligros o simplemente para conseguir que no se acerquen a lo que no nos interesa.

Cierto es que el ánimo investigador de nuestros peques debe ser siempre debidamente controlado. Pero el miedo no es la mejor forma para acompañar el crecimiento personal. Una cosa es que Caperucita deba reconocer al lobo disfrazado de abuela y otra que se asome siempre con miedo a cualquier dificultad presentada frente a él.

Así que, volvemos a la peculiar amistad nacida entre la ovejita extraviada en la primera entrega y el lobo hambriento. Un fiero aunque viejo lobo que acaba descubriendo que hay algo más importante que el hambre, la amistad.

En esta segunda parte trasladamos esta imagen disruptiva entre la ovejita y el lobo hechos amigos para que el resto de animales del bosque muestren su desconcierto inicial, su voluntad por eivtar que el asunto acabe mal y su descubrimiento de que las cosas no son siempre como nos han enseñado en cuanto a los miedos paralizantes frente a lo desconocido.

Porque introducir al lobo solitario en el círculo de amistades de la ovejita no será tarea fácil. De la misma forma que el lobo no será siempre entendido por los de su especie, salivantes ante la simple presencia de la ovejita.

Solo cuando los estrambóticos amigos sean capaces de demostrar las ventajas de su unión, unos amigos y otros acabarán entendiendo ese imposible (de partida) entendimiento entre supuesto depredador y supuesta victima incapaz de defenderse.

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