Hacia la belleza, de David Foenkinos

Hablar de Foenkinos es acercarnos a uno de los autores fundamentales de la narrativa actual, con ese relevo generacional que apunta a la literatura clásica de dentro de un siglo, del narrador que reflejó la intrahistoria de un siglo XXI sumergido entre el individualismo y la alienación como principial conflicto del mundo occidental.

Por eso, una nueva publicación de este autor debe ser recibida con ese interés casi divulgativo de los derroteros que va tomando la vanguardia de la literatura.

La novela “Hacia la belleza” nos envuelve en ese enigma existencialista tomado como fundamento narrativo. Porque la figura del protagonista, el oscuro Antoine Duris, tiene ese doble gusto por saber qué lo ha movido a tomar sus decisiones y, a su vez, desvelar qué es lo que busca en ese brusco giro vital.

De profesor de Bellas Artes en Lyon a vigilante en París del Museo de Orsay. Así, de buenas a primeras, como una especie de castigo autoimpuesto o como una intención por fundirse con esas obras hasta desaparecer, cual Dorian Gray, mimetizado en las obras que con ferviente devoción contempla.

Nada es casual. El retrato de Jeanne Hebuterne supone el principal objeto de observación de Antoine; su mirada decimonónica de la pintora hecha modelo para la ocasión. Una mirada casi cubista pero colmada de expresividad y belleza latente. Unos ojos que arrebatan a Antoine por algún motivo ignoto que fascina a Mathilde, la encargada del museo.

La decisión de Antoine de abandonar su vida lo transforma Foenkinos en un enigma digno de una gran novela de suspense. Y a su vez, el poso del enigmático proceder es abordado con ese punto existencialista que enlaza con la belleza de un lienzo, de una mirada, de la interminable lucha entre lo fugaz y lo eterno.

Enfrascados en esa verdad en torno a Antoine, transitamos por un hermoso relato en ocasiones lírico y en otros momentos descarnadamente prosaico, el eterno equilibrio entre realidad y fantasía, entre suposiciones sobre quienes nos rodean y los motivos más desangelados que finalmente asoman a toda verdad extraída desde el pozo del ser y del vivir con las penas, las culpas o las traiciones.

Por momentos observamos a Antoine como un personaje de un lienzo que a su vez contempla la belleza de la mirada de Jeanne Hebuterne. El arte puede explicarlo todo cuando, en un golpe repentino de fortuna, acabas por descifrar lo que cada pincelada traza por debajo de lo figurativo.

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