Todo lo demás era silencio, de Manuel de Lorenzo

Todo lo demás era silencio
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Una ópera prima como es esta de Manuel de Lorenzo siempre tiene algo de singular vacío en la plena satisfacción de su creador. Porque en el lanzamiento de esa novela que ha surgido como una primera aproximación a ese insondable oficio del escritor, los motivos para escribir se asoman al abismo de la crítica especializada y la opinión de los lectores. Y uno se ha dejado tanto antes de esa palabra que marca el fin de su historia, que todo lo siguiente se espera como una exposición total, cual ecce homo en espera del veredicto del pueblo.

El desgaste y el efecto de escribir una novela puede acabar por terminar como una única incursión en este tipo de prosa. Casos como los de “El retrato de Dorian Gray” de Oscar Wilde “El guardián entre el centeno” del controvertido Salinger, “Pedro Páramo” de Juan Rulfo o hasta “La conjura de los necios” que desgastó a John Kennedy Toole.

No tiene porque ser el caso de Manuel de Lorenzo. De hecho es más que probable que este conocido periodista “alternativo”, al que podemos seguir en su vis más auténtica entre lo humorístico y lo crítico en la revista JotDown, simplemente haya abierto su camino literario ya intuído en sus artículos. Y lo cierto es que esta primera novela parece rebosar de grandes historias que podrían derivar en esos constantes spin-off del que todo buen autor va generando nuevas y variadas historias.

Para “Todo lo demás era silencio”, Manuel nos ubica en el centro de una relación entre Julián y Lucía. Ambos emprenden un viaje y en cada uno de ellos encontramos la muy distinta manera en la que emprenden esa transición real que acaba conduciéndolos a espacios muy diferentes y lejanos que el simple destino del trayecto emprendido.

Quizás sea eso el mejor sustento narrativo en el que acabar volcando las tensiones vitales, las dudas, los miedos, las pulsiones más intensas. Me refiero al viaje, a la combinación entre tiempos y espacios cambiantes que los viajes ofrecen para desubicarnos y enfrentarnos a todo lo que llevamos dentro.

Lo que ofrece Manuel en esta historia que se mueve por los tres planos de una relación: la convivencia por un lado y los universos interiores de los dos personajes, cambiantes en ocasiones, deudores del miedo y acreedores del tiempo limitado, se equilibra con una acción razonablemente próxima. Todos tenemos que afrontar esos miedos erigidos ante las pérdidas. Todos afrontamos crisis en las que dudamos de los asideros que decidimos tomar en su momento para continuar nuestros efímeros pasos por el mundo.

En esta historia viajamos, sobre todo viajamos en el sentido más pleno de la palabra. Nos movemos desde Madrid hasta la raices gallegas del autor pero acabamos atravesando paisajes comunes, muy reconocibles. Y al final del recorrido no nos queda otra que asumir lo cierto de todo lo leído, con el escalofrío que supone esa sintonía existencialista de nuestra condición humana entregada al azar, dependiente y anhelante de independencia, fascinada por la fugacidad de la vidad y atenazada por lo malo que puede llegar y que acaba tomando forma en esas obsesiones nuestras…

Lucía y Julián son frágiles, como todos nosotros. Y esta es la historia del viaje hacia su verdad.

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Todo lo demás era silencio, de Manuel de Lorenzo
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