El emperador invisible, de Mark Braude

El emperador invisible
Disponible aquí

Regresamos a la ficción histórica para disfrutar de un enfoque novedoso sobre Napoleón y sus últimos días de pugna por el poder. El emperador retirado, prácticamente ninguneado y olvidado en un pequeña isla, desconectado de un mundo conjurado contra él. Pero el más reconocido estratega que supo gobernar con instinto marcial cualquier aspecto de la vida social y política de lo que llegó a ser su imperio, no estaba dispuesto a resignarse a un cómodo exilio con vistas al Mediterráneo.

El mal siempre vuelve. Desde el dolor de muelas hasta el inspector de hacienda. Napoleón no iba a ser menos y esperó su momento

Y sin embargo Napoleón regresó. Nada era como antes y sinembargo él sabía que mantenía intacta su leyenda y la pujanza de su imagen asociada a viejas glorias. Por lo demás el monarca puesto en su lugar, Luis XVIII le allanó el camino.

Porque un rey como él, tan deseado por unos como artificial para otros, se erigía como un enemigo fácil de la patria más libre que empezó a propugnar entonces Napoleón, como si él hubiera sido el adalid de la democracia en sus días de emperador siniestro.

Unos días convulsos sin duda que acabaron estallando en los famosos cien días convertidos en la segunda oportunidad para Bonaparte.

El problema estribaba en que en esos cien días, que hubieran requerido de mayor intensidad que nunca de un gobernante como Napoleón, apuntaban a un desgaste del viejo lider, del triunfante mariscal que ya tanteaba sus úlceras estomacales como su mayor impedimento para luchar con todas sus fuerzas por un poder que finalmente no pudo materializar del todo.

Y así llegó a Waterloo, quizás menos preparado que nunca para la batalla. Pero dispuesto, eso sí, a seguir librando la sangre de los soldados que, a favor o en contra, regarían sus ideas en un campo y en un momento que el propio emperador preparó para la victoria segura.

Pero no, no fue así. Waterloo fue el peor de los escenarios, la derrota última que, a su vuelta a París lo condenó para siempre al ostracismo en una isla como Santa Elena en la que, esta vez sí, sus enemigos se procuraron muy mucho de impedirle una nueva salida.

Un interesante relato de aquellos días extraños entre exilios, una aparición del gran emperador con sabor a derrota.

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